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03 abril 2009

Delirios de ausencia II















Así en Buenos Aires como en Montevideo.


Son las 23 hs. Mi pie derecho entra al Parque Lezama. Está por llover, la gente corre, claro, no hay que mojarse. Los perros no disimulan, la lluvia también puede ser un regalo. La respiración agitada...camino más rápido, busco un techo....y pienso... que pronto llegaré a mi casa y el frío que inundó repentinamente Buenos Aires, se acabará con un té y un abrazo. Y pienso en todas las casas que faltan, en todos los té que faltan, en todos los abrazos que faltan. Cae la tormenta, y está el hombre sentado en el tronco caído debajo del sauce. El mismo hombre amiga, ese que vos ves en Montevideo, ese que yo veo aquí bajo mi cielo gris, entre tantas bancas quietas.


" -Llovéme cielo, tragáme agua, quebráme banca; en lo más alto de los árboles cuelgan ramas rotas – entonces pienso, rompéme árbol" . Son las 23:30, el señor de cara triste me mira: Y sin embargo todo está igual, nadie me oye, sigo ahí, sigo ahí montevideana, porque yo, soy la gran ausente, y mi radio repite una y otra vez los sonidos del mar.... de un mar muy lejano para tantos, demasiados tantos..Mientras, por Martín García, un 53 me miente, con un ruido que desgarra mi conciencia y me aleja lentamente de lo que pienso... mientras por las avenida se escapan las hojas secas de este seudo-otoño.

Anabela

30 marzo 2009

Delirios de ausencia








A Anabela:

"no se si te diste cuenta, pero permanentemente evocás alguna ausencia..."


Son las 9. Mi pie derecho entra al Parque puntualmente. La respiración agitada y el sudor también puntual; los gatos, que cierran sus ojos cuando paso, el hombre sentado en el tronco caído debajo del sauce. El cielo gris, el agua en el estanque, las bancas quietas.

-Llovéme cielo, tragáme agua, quebráme banca; en lo más alto de los árboles cuelgan ramas rotas – entonces pienso, rompéme árbol. Son las 9:30, el avión tallado en el tronco me mira: - voláme avión. Y sin embargo todo está igual, nadie me oye, sigo ahí, sigo ahí Ana, porque yo, soy la gran ausente, y mi MP3 repite una y otra vez:" Someday we'll be together Someday, someday Someday we'll be together Someday I'm no Superman” .Mientras, por Bolivia , un 546 me miente, arremolinado hojas secas de este seudo-otoño.


*Ani: 546: Número de “colectivo” para vos y ómnibus para mí; Bolivia: Calle de Montevideo.

26 diciembre 2008

12 septiembre 2008

UNA CLINICA EN FLORES. Un cuento de Harry Haller

"Dormir en el barrio de Flores es una experiencia notable. Todos sabemos que allí se sueñan cosas muy extrañas."

A.Dolina


A Homero Brocca.

Conocí al Dr. Cepeda en una de esas tantas reuniones. Nunca pensé que él me tuviera en tan alta estima, hasta la mañana del jueves 18 de marzo de 1956, en la que recibí el misterioso paquete que lo tenía como remitente.

Era un libro que contenía los casos que el atendía en una clínica ubicada en el barrio de Flores. Todos sus internos eran escritores que habían perdido la razón.

Estaba el caso de Lezzieri, que escribía sus libros utilizando las frases recortadas de una serie de otros libros previamente elegidos, e intercalándolas con tanta inteligencia que lograba crear un argumento propio.

Otras veces escribía un libro sobre otro, simplemente numerando las palabras sobre el libro original con el orden que debían de tomar para componer el nuevo libro.

Sus detractores argumentaban que eso no era escribir, a lo cual Lezzieri respondía que las palabras ya existían también todas previamente y que lo verdaderamente valioso era el arte de combinarlas, lo cual se extendía luego a las frases por una especie de propiedad transitiva literaria.

Manuel de Basterrica nunca escribió ni una palabra en el papel. El aseguraba que los libros se escribían en su cuerpo. El día de su muerte una enfermera descubrió al intentar cerrarle los ojos, cientos de líneas escritas en la parte interior de sus párpados. Los resultados de la autopsia posterior revelaron la existencia de al menos 15 volúmenes escritos en la cara interna de su piel, y un poemario en la de sus partes intimas, que no se alcanzó a descifrar completamente debido a que cierto desgaste por el frotamiento había borrado algunos párrafos.

Un tal Roberto Weich, fallecido a la temprana edad de 19 años. Roberto escribía el diario de su vida, pero lo hacia a cada instante, de manera tal que vivía las cosas con exasperante lentitud dada la necesidad de ir redactando cada uno de sus aconteceres
“Ahora tomo la cuchara y revuelvo el café...”, “Quedó muy amargo, vuelvo a tomar la cuchara y añado otra cantidad de azúcar”. Todo esto hacia que Roberto aprendiera a manejarse solamente con la mano izquierda, ya que la derecha la usaba para ir escribiendo a medida que vivía... Lógicamente sobre sus últimos años el no dormía, ya que esto impedía redactar lo que estaba sucediendo. Murió de agotamiento, la ultima línea que escribió decía haciendo gala de una coherencia escalofriante “FIN”.

La curiosidad me llevo a tratar de conocer el hospital. Me dirigí entonces a la calle Boyacá, donde mi amigo me refirió que trabajaba.

Finalmente descubrí, que ninguno de estos casos era cierto, el libro que recibí había sido íntegramente pergeñado por Cepeda, que gozaba de un régimen de salidas especiales, y ocupaba la habitación 247 del pabellón oeste.


Harry Haller



http://www.loscuentos.net/cuentos/link/368/368505/


19 julio 2008

PARA ANI Y HUGO: ESTÁN AQUÍ !








las gaviotas no pueden
volar sobre un hombre feliz
porque
un hombre es todos los hombres
las gaviotas
son seres inteligentes
aunque a ellas les gusten los aviones
una vez vi a una gaviota volando sobre
o a ras mejor del nahuel huapi
tenia los ojos onas y destilaba su amor
invisible
sobre el espejo frío del lago mientras
desde las lanchas los flashes de las cámaras de
fotos
provocaban nuevos amaneceres más ilusorios
mas blancos
mas efímeros
y las voces espantaban no sé bien
si el silencio que había entre chillido y
chillido
o los recuerdos evocados por las plumas en
las páginas del cielo
otra vez
vi en mar
del plata nada más que gaviotas
heroicas al viento pero
aquella vez creo chillaban
por el castigo de la arena
que suele borrarlo todo
incluso los dibujos de sus vuelos
incluso las huellas en la playa
las gaviotas pueden ser generosas
o mezquinas
nunca tanto como los hombres los hombres
no pueden volar sobre la cabeza de las gaviotas
en tal caso
ellas ríen sin burla
sabiendo del valor de la felicidad

"Dialogo I" Hugo Luna




Toco en el aire las notas
que soplan la canción de la noche
la canción de la oscuridad inmensa
de la ventana al horizonte
al ancho, anchísimo mar

Vuela en el aire imparable
el sonido de los que nunca duermen
el llegar e irse eternos
de la orilla al horizonte
al ancho, anchísimo mar

Gira en el aire el misterio
de lo que no se ve y se atesora
la arena fina entre las manos
que se me escapa para volver
al ancho, anchísimo mar


"Anchísimo mar" Anabela Gilardone

16 enero 2008

EL BARCO - Pablo Salomone


Eran las tres de la tarde de un febrero que ese año sobrevino un poco más abrasador y monótono que de costumbre. En medio de la nada, del desierto de la nada, en la Salina Grande, bajo el sol y sin un sombrero que le diera un poco de sombra sobre los ojos, con la ropa en jirones, unos trapitos apenas, descalzo, la piel como si fuera un cuero ennegrecido y lleno de arrugas, las manos cruzadas sobre las rodillas y la mirada perdida hacia los confines del poniente, todo flaco, la barba y el pelo una sola cosa informe y sucia, casi nada de persona, Benicio Casas estaba sentado, esperando. Cuando llegué hasta él apenas si me miró de reojo y siguió en su silencio. -Hola Benicio, soy yo que vengo a buscarte. -Ya sé, sí –me dijo él, en un tono como de reproche, o que a mí me pareció de reproche-… Te estaba esperando desde hace rato. -Perdoname todo este tiempo de demora pero, la verdad, es que me había olvidado de vos. -Me imaginé, sí. Lo miré a los ojos y pude ver que mientras hablábamos miraba algo, o buscaba algo que parecía estar mucho más lejos de mi presencia, hacia el lado del poniente, pero no pregunté nada. Tenía que hacer mi trabajo. -¿Nos vamos, entonces? -Todavía no. Estoy esperando, ya te dije, pero ahora también te digo que no es solamente a vos, que ya llegaste a pesar de tu olvido… Ahora espero el barco…, recién cuando llegue el barco nos vamos a ir, antes no. -¿El barco? -El barco, sí. Miré el desierto blanco de sal que se extendía hasta donde daba la mirada y pensé que Benicio Casas estaba total y absolutamente loco; que la espera y el tiempo y el sol le habían cocinado los sesos. ¡Un barco ahí! -Benicio, si lo que buscás es que… -Cuando llegue el barco y no antes…, ya lo tengo decidido desde que no apareciste cuando debías. -Yo decido, Benicio. Acordate… -Sos vos quien debería haberse acordado de mí, ¿no?… Me cansé de esperarte, y lo sabés, así que ahora decido yo…, y he decidido que me voy a ir, sí, cómo no, pero en barco… El barco llega y nos vamos, lo prometo… -Benicio… -Una vez, cuando era muy chico, mi abuelo me llevo a un puerto, no sé qué puerto, y vi un barco que zarpaba, y me imaginé que yo también viajaba lejos junto con la tripulación. Fue hermoso… Nunca anduve en barco y quiero irme en barco, ¿sí? Benicio Casas tenía, a su modo, un poco de razón, y yo tenía, como siempre, todo el tiempo del mundo. Así que me senté a su lado, decidida a esperar a que un barco llegara hasta allí, al medio mismo del desierto de la Salina Grande, o a que cambiara de idea. Yo tenía que hacer mi trabajo... Para suavizar la tensión que se ahondaba cada vez más entre los dos, le pregunté por preguntar algo: -¿Se te hizo muy larga la espera? -Más o menos… Al principio, un poco, pero después ya no. -¿Cuánto tiempo ha pasado? -197 años…, que sumados los 93 que ya tenía encima hacen demasiados años a los años de estar en el mismo cuero. -Bueno, vos sabés que tengo mucho trabajo… Además únicamente a vos se te puede ocurrir vivir acá, solo y en la nada… Me olvidé, es verdad, me olvidé por completo de vos, no te tenía presente y tampoco en cuenta pero, bueno, ahora ya he llegado, ¿no? -Ajá, sí. -¿Y qué hiciste en todo este tiempo? -Soñé… soñé mucho… Primero no sabía qué cosa hacer y andaba de un lado para el otro mirando el horizonte, buscándote, pero después me di cuenta que no tenía ningún sentido porque tarde o temprano eras vos quien iba a llegar a buscarme y entonces me senté aquí mismo, donde estoy ahora, y me puse a soñar… -¿A soñar? - A soñar, sí… Soñé mucho, sí señora, y muchas cosas hice en mis sueños. Fue muy bueno. El tiempo se hizo nada así; la espera se hizo nada así… En uno de los sueños supe que el barco iba a pasar por acá, y entonces ya no me moví más y me quedé quieto a esperarlo. -Pero es que este es un desierto de sal, Benicio, y los barcos andan en el agua, en los ríos, en el mar, y no en la sal… No va a pasar. -Esto era un mar antes, un mar que se retiró, o desde el que emergió la tierra, desplazando al agua. Por eso toda la sal. -Pero ahora… -¡Ajá, sí, sí, mirá, carajo, mirá y callate! –gritó de golpe, se levantó y comenzó a saltar como un poseído, señalando un punto en el horizonte, hacia el oeste. Miré hacia donde me hacía señas y vi, allá lejos, recortándose nítido contra las enormes montañas de los Andes más lejanas todavía, un pequeño punto que crecía cada vez más, viniendo hacia nosotros… Era un barco. -¡Mirá, vieja esquelética!... ¡Ja, já, ja, ja!... ¿No era que no iba a pasar? El barco, enorme y oscuro, navegaba hacia nosotros levantando espuma y oleaje y dejando una estela fresca en medio del crujido a vidrio roto de la sal, como un monstruo gordo de panza de madera abovedada. Todas las velas hinchadas de viento y de sol, los mástiles quejosos, el hermoso mascarón de proa que parecía mirarnos directamente a los ojos, las gaviotas y los pelícanos revoloteando alrededor… El barco. -¡A la mierda, una carabela! –dije, y quedé con la boca abierta y los ojos más abiertos todavía por el asombro. -¡Un galeón, señora, un galeón tal y como yo lo había soñado! No lo podía creer, y eso que he visto muchas cosas desde que tuve mi primer trabajo, cuando aquel hombre (creo que se llamaba Abel) murió a manos de su hermano. Muchas cosas he visto, sí, pero un barco surcando olas en las Salinas Grandes, jamás… -¡Vamos huesuda, subí y dejate de joder con esa guadaña que aquí no hay ningún pasto que cortar! –me gritó, y seguía riéndose como un chico, mientras subía por una escalerilla de popa y agarraba el timón. Y así me lo llevé, o me llevó, no sé: en barco, como lo había soñado… Que yo seré La Muerte y mi trabajo siempre se cumple, pero ahí mismo, cuando llevé a Benicio Casas, aprendí que contra los sueños nada puede hacerse. Fue a las tres de la tarde de un febrero abrasador y monótono en las Salinas Grandes. FIN

(En Casatrés, Oro Verde, el 12-01-2008)

Pablo me regaló este fantástico cuento, desde la otra orilla del Plata. Soy/Estoy feliz! que mejor cosa en el mundo que te obsequien corazones, abrazos, miradas, libros, y este cuento?